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De espaldas otra vez

26 de marzo de 2020
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Este es un comentario personalísimo, la impresión de quien firma, yo, Alberto, la visión subjetiva de quien, por formación, está acostumbrado a la introspección, el discernimiento, y de vez en cuando, ver las cosas desde fuera. Llevo varios días sin escribir, y no es por falta de tiempo o ganas, me apetece hacerlo, y estos días, como a todos, me sobra el tiempo, pero me falta de ánimo, el espíritu, ese «dios interno», me falta el aliento, que decían los griegos. Tengo que admitir una pequeña —o mediana— desilusión, producto de la casualidad, o de aquello de que la noticias nunca vienen solas; «una de cal y otra de arena», el chiste de la noticia buena y la noticia mala… No hace mucho nos emocionábamos con Iberolux, y discutíamos sobre si el nombre era apropiado, o si era mejor otro, hablábamos sobre dónde poner la capital, si hacer tres capitales, o incluso fundar una nueva ciudad, que de todo se ha escrito. Parecía que el iberismo daba saltos hacia adelante, pequeños pasos para las ideas políticas pero grandes pasos para dos países de Europa con grandes historias, pequeños presentes, y ya veremos qué más. Pero estos días, en los que también discutimos sobre virus —nunca falta sobre qué discutir—, nos desayunamos noticias sobre desconfianzas mutuas, sobre cierre de fronteras, sobre la interrupción de intercambios culturales. Si hace un mes la raya parecía desdibujarse, hoy está marcada a fuego. Cuando las cosas se ponen serias, es entonces cuando mostramos nuestra cara. Dicen algunos mensajes que recorren las redes sociales para darnos ánimos, que en esta crisis todos mostramos nuestra mejor cara. Permitid que lo dude. Si por un momento los dos hermanos, Portugal y España, estaban comenzando a mirarse de frente, hoy vuelven a darse la espalda.