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Nuestra balsa de piedra

10 de febrero de 2020

A vueltas con Iberolux

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Tiempo de lectura: 2 minutos

Una frase pequeña puede causar un revuelo enorme, y si nos quedamos en las formas, además de oleaje, causa mareas contrarias. Rui Moreira, alcalde de Oporto, dijo el otro día lo siguiente: “Siempre creí, desde que Portugal y España tienen democracias, que deberíamos tener un Iberolux, como un Benelux”. Es decir, algo tan sencillo y fácil de entender como que el modelo para España y Portugal era el Benelux, de ahí Iberolux, que es un nombre que explica y apunta a una referencia, pero que no define. Ya está, eso es todo. Pero ha faltado tiempo, sobre todo en esta España de unos y otros, para que tanto unos como otros malinterpreten el mensaje, se queden discutiendo sobre el nombre, y aprovechen para barrer, tanto para casa, como debajo de la alfombra, que de todo hay. Lo he pasado muy bien leyendo en las redes posturas favorables a la idea, así como titulares menospreciando al alcalde de Oporto, y comentarios de tertulianos enredando las cosas para dejar el tema, no ya en lo ridículo, que también, sino en lo absurdo. Nadie ha pedido la invasión de España a Portugal, nadie ha pedido la unión política de ambos países, tan mal queremos a los portugueses que les vamos a hacer esa faena, decía con sorna un tuitero… Por el otro lado se dice que ya se celebran desde 1983 las cumbres ibéricas, las reuniones bilaterales hispanoportuguesas. Pero desde plataformas como la Sociedad Iberista tenemos mucho que decir, y se nos pregunta poco. Desde Sinibaldo de Mas, un desconocido diplomático barcelonés del siglo XIX, padre del iberismo moderno, hasta hoy, muchos han intentado explicar que el paradigma del iberismo no es Felipe IV. Unamuno, al que he leído mucho, era iberista desde el plano cultural, para él era un escándalo que la literatura portuguesa se considerara literatura extranjera. De eso hablamos. Muchos declaran el iberismo cumplido desde que en 1986 Portugal y España entraron en la Unión europea, pero señores, las políticas europeas no están resultando llamativas para los europeos. Por qué, entonces, el auge de la extrema derecha europea, con un alto perfil identitario. Los Estados Unidos de Europa no serán posibles porque en Europa pesa cada vez más la identidad nacional que la identidad colectiva europea. Y lo mismo pasa con el iberismo. En el fondo todas las críticas vienen por el miedo a dejar de ser portugueses o españoles. (En España hace tiempo que nos peleamos —un motivo más— por saber qué es ser español. Discutir por quién tiene la bandera más grande suele tener el inconveniente de la dureza del palo que la sujeta, que hace daño). En fin, el iberismo del siglo XXI es la configuración de una alianza entre Portugal y España dentro del marco de la Unión Europea, que permita la consecución de propuestas que nos beneficien a los dos, el iberismo es luchar por eliminar todas las asimetrías informativas, educativas, administrativas, culturales y sociales en la península ibérica. España y Portugal pueden aportar a Europa un grupo social y heterogéneo, que se suma a los existentes escandinavo y germánico. Y esto no es malo para navegar en nuestra “balsa de piedra”.